Descripción
PrólogoMoisés PuenteEn 1977, John Berger publicó este extenso artículo «Why Look at Animals?», que hoy se presenta al lector en forma de libro, en la revista londinense de ciencias sociales The New Society. Poco cabe añadir a la precisión e inteligencia con la que Berger analiza el empeño de la especie humana en mirar a los animales y a su exploración de la antigua relación entre los animales y la humanidad, aunque quizá sí quepa precisar algunos cambios que se han producido en estos casi cincuenta años desde su publicación. Aquel «capitalismo del siglo xx» que aparece citado en el primer párrafo de su ensayo ya no existe hoy, y este ha pasado a tomar unas formas tan brutales como insospechadas en la actualidad.No es casual que la publicación de este artículo coincidiera en el tiempo con el auge de los programas televisivos sobre naturaleza, desde los de la televisión británica BBC, presentados por el mítico David Attenborough, hasta aquellos que exploraban los mares y los océanos de Jacques Cousteau (el fenómeno tuvo un alcance mundial, pues hasta en la televisión española se emitió el programa sobre fauna El hombre y la tierra, dirigido por Félix Rodríguez de la Fuente, aunque parece poco probable que John Berger lo conociera). Todos estos primeros programas en color de la televisión presentaban un contenido insólito. Gracias a las nuevas tecnologías de filmación, por primera vez la televisión presentaba escenas de la vida salvaje hasta entonces inéditas al ojo humano: una ballena amamantando a su cría, un dragón de Komodo cazando una cabra, los cánticos miméticos del ave del paraíso o el apareamiento del diablo de Tasmania. Unos pocos equipos de filmación se jugaban el tipo para que nosotros podamos ver algo realmente difícil de ver, y ningún rincón del planeta ni ninguna especie animal escapa a la mirada de la cámara.Aunque estos programas tenían un indudable valor didáctico, pues instruían a la población y nos acercaban a lugares accesibles para muy pocos, el aparente objetivo de filmar la naturaleza para concienciarnos en la salvaguarda de nuestra fauna y flora no ha quedado tan claro con el tiempo, o se ha ido disipando.El tardocapitalismo se tomó toda esta labor didáctica de conocimiento de nuestro planeta como la posibilidad de apertura de nuevos mercados turísticos. Los safaris ya no solo se circunscribían a África, sino al mundo entero. A capricho, los seres humanos del tardocapitalismo pueden ir a cualquier parte del planeta a satisfacer sus deseos de ver naturaleza, de mirar cara a cara a los animales. Se organizan viajes para ir ver, por ejemplo, el desove de las tortugas marinas en Baja California, los delfines rosas en el río Amazonas, los narvales en el Ártico o los lémures de Madagascar. Cualquier destino es posible con dinero, y el acto de mirar a los animales se convierte en otra experiencia azarosa de consumo que apenas deja huella en la memoria, y menos aún en la conciencia. Lo que se vende como acto de amor y protección a los animales no es más que otra actividad humana invasora de hábitats y depredadora del mundo. Aquel gran avance que suponía poder ver animales de todo el mundo y sus formas de vida desde el sofá de casa queda anulado por el deseo caprichoso e irrefrenable del ser humano de poseer «experiencias», aunque para ello haya que importunar a los animales que viven tranquilos sin nuestra presencia. El ser humano no solo ha ido reduciendo los hábitats naturales de multitud de especies, sino que ahora además los asedia con sus cámaras de última generación de sus teléfonos móviles.En un estudio científico reciente, Jared Towers, Ingrid Visser y Vanessa Prigollini han observado cómo las orcas ?que suelen compartir alimentos entre sí para fortalecer los lazos entre los individuos? han intentado compartir comida con los humanos. Los incidentes no han sido aislados, sino que han registrado casos desde la Patagonia a Noruega, desde California hasta Nueva Zelanda, de modo que cabe suponer que estos animales tienen un interés real en relacionarse con nosotros. Por otro lado, durante el confinamiento provocado por la crisis sanitaria global del covid-19 pudimos ver cómo los pumas se paseaban por las calles de Santiago de Chile, los coyotes por las de San Francisco y cómo los delfines se adentraron en la laguna de Venecia para saludar a los humanos. Podríamos pensar ?como parece que realmente es? que las especies animales tienen una memoria espacial, y que vuelven a los lugares de donde fueron expulsados cuando la oportunidad se les presenta, como fue el caso de la falta de actividad humana durante el confinamiento. Pero también podemos lanzar la hipótesis poética ?que parece poco probable? de que realmente los animales se interesan por nosotros, que durante el confinamiento vinieron a ver qué nos pasaba, que ellos tienen interés en mirarnos.Barcelona, 202


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