Descripción
Desde hace años Éric Poitevin cultiva la fotografía de pájaros muertos, desnudos contra una pared y colgados del hilo por el que han transitado de la vida a su muerte. Y Jean-Christophe Bailly escribió para esas imágenes -un poco a modo de nota al pie o, incluso, de ilustración suya- una evocación alada de esos destinos hermanos, en ese empeño tan propio de deshumanizar el entendimiento de la existencia y la finitud, una instancia de la escritura (y la fotografía), ha no a mirar, sino a ver, una palabra para el silencio: «Cada pájaro viene aquí acogido y se impone en una sociedad objetiva integral, el único elemento de composición es ese trozo de cordel del que penden, de lo más común: en ocasiones, efectivamente, están atados a una cuerda de plástico azul de las que hoy usan de forma habitual los agricultores, lo cual no es detalle banal, sino un signo, y lo que incida es que no hay intemporalidad alguna y se mueve en el aire del tiempo, sea uno hombre, pájaro o tejón, o ciervo, o pez. De eso es de lo que se trata, por otra parte: la insondable tristeza del perecer».


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